CELOS E INFIDELIDAD
Siempre se ha acusado a la infidelidad y al infiel de haber acabado con un matrimonio longevo. Pero realmente, los matrimonios no terminan por esta causa, sino que ésta es el síntoma de que algo funciona realmente mal en la pareja. El infiel es el primero que satisface su necesidad.
La prohibición es la base de cualquier deseo. En cualquier relación de pareja está implícito que los individuos deben ser el uno para el otro. Deben frenar el deseo de estar con otra persona. No hay nada más instintivo que el afán de estar con alguien que no es tu pareja, y aun mayor cuando la relación se está desgastando.
Normalmente deseamos aquello que no tenemos. El concepto de infidelidad trae consigo al de celos. Si hiciéramos un estudio de campo formulando a los individuos una única pregunta : “¿Por qué somos celosos?”, la mayoría contestaría que se es celoso por inseguridad en uno mismo.
Ya desde bien pequeños comenzamos a requerir el amor y la atención exclusiva de nuestros progenitores. Pero la inmensa mayoría hemos tenido que aprender a compartirlo con nuestros hermanos. Y de esta forma, nos hemos dado cuenta, que no porque la caricia sea compartida, los quieren más a ellos que a nosotros.
Los celos no son amor, sino obsesión por la posesión de la otra persona. Además quién me va a negar que los celos no denotan desconfianza y sospecha permanente en la otra persona. Algo insano. Limitar la liberad de nuestra pareja, a la hora de elegir con quien debe estar, es el eje de la espiral que hace que un matrimonio fracase.
Al igual que poseemos el instinto de comer, respirar, beber, reír, amar… la infidelidad forma parte de nuestros instintos. Nadie nos ha prohibido nunca ninguna necesidad fisiológica; no debe ser así con el adulterio. La connotación negativa se la hemos dado entre todos.
¿No sería mejor, de vez en cuando, dar rienda suelta a nuestra pasión? No se puede impedir al otro lo que siente. Por eso, sería mejor para las parejas sentarse a hablar sobre lo que realmente se desea. Muchas veces, nuestro deseo de estar con otra persona, no difiere del deseo de nuestra pareja de estar con un tercero. Podríamos sorprendernos gratamente, al averiguar que nuestro sentimiento no es único, sino compartido. Si las dos partes de la pareja, son más felices de este modo, no se debe dejar que la moral y la ética social nos cohíban.
Deberíamos hacer caso al dicho popular “si amas a alguien déjalo libre, si vuelve es tuyo, y si no, es que nunca lo fue”. Fuera celos, dentro sinceridad a uno mismo, a lo que siente. Hay que dar a la pareja el espacio que necesita, su tiempo para poder encontrarse con otras personas lejos de uno mismo, para que al final se pueda dar cuenta de lo que realmente quiere.
En caso contrario, si nos mostramos celosos con nuestra pareja, y no le dejamos elegir, estaremos ahogándola, no verá el lado positivo de compartir una vida con nosotros. Dándole donde elegir, demostramos seguridad en nosotros, en él o ella.
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Normalmente deseamos aquello que no tenemos. El concepto de infidelidad trae consigo al de celos. Si hiciéramos un estudio de campo formulando a los individuos una única pregunta : “¿Por qué somos celosos?”, la mayoría contestaría que se es celoso por inseguridad en uno mismo.
Ya desde bien pequeños comenzamos a requerir el amor y la atención exclusiva de nuestros progenitores. Pero la inmensa mayoría hemos tenido que aprender a compartirlo con nuestros hermanos. Y de esta forma, nos hemos dado cuenta, que no porque la caricia sea compartida, los quieren más a ellos que a nosotros.
Los celos no son amor, sino obsesión por la posesión de la otra persona. Además quién me va a negar que los celos no denotan desconfianza y sospecha permanente en la otra persona. Algo insano. Limitar la liberad de nuestra pareja, a la hora de elegir con quien debe estar, es el eje de la espiral que hace que un matrimonio fracase.
Al igual que poseemos el instinto de comer, respirar, beber, reír, amar… la infidelidad forma parte de nuestros instintos. Nadie nos ha prohibido nunca ninguna necesidad fisiológica; no debe ser así con el adulterio. La connotación negativa se la hemos dado entre todos.
¿No sería mejor, de vez en cuando, dar rienda suelta a nuestra pasión? No se puede impedir al otro lo que siente. Por eso, sería mejor para las parejas sentarse a hablar sobre lo que realmente se desea. Muchas veces, nuestro deseo de estar con otra persona, no difiere del deseo de nuestra pareja de estar con un tercero. Podríamos sorprendernos gratamente, al averiguar que nuestro sentimiento no es único, sino compartido. Si las dos partes de la pareja, son más felices de este modo, no se debe dejar que la moral y la ética social nos cohíban.
Deberíamos hacer caso al dicho popular “si amas a alguien déjalo libre, si vuelve es tuyo, y si no, es que nunca lo fue”. Fuera celos, dentro sinceridad a uno mismo, a lo que siente. Hay que dar a la pareja el espacio que necesita, su tiempo para poder encontrarse con otras personas lejos de uno mismo, para que al final se pueda dar cuenta de lo que realmente quiere.
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